26.03.2004 | Crónica
Aires de modernidad
por Esteban Ruiz
La temporada bolística 2004 comienza bajo el signo de modernidad creciente que ha caracterizado a nuestro deporte vernáculo en los últimos años. La televisión, con sus recursos tecnológicos y su capacidad de multiplicar espectadores, ha introducido en las boleras esa poderosa modernidad, que parece arrinconar las raíces tradicionales del juego para disgusto, en parte justificado, de los aficionados de siempre. Estos, curtidos por largas horas pasadas en los pequeños corros de la región, ven con fastidio la masiva llegada de advenedizos –el autor de estas líneas entre ellos- desconocedores de las liturgias más elementales del juego, incluido el reglamento, y de cualquier referencia histórica anterior a Tete Rodríguez. Se acabaron los tiempos en los que los bolos eran un juego inocente, practicado por imprevisibles mozos de una sociedad rural y ganadera a los que observaban en los días normales sus discretos paisanos y en las fiestas mayores esos benevolentes y distinguidos turistas de Madrid, dispuestos a saber más que nadie después de ver la primera partida y a ser partidarios incondicionales de los jugadores que más adhesiones provocan siempre en Madrid en cualquier deporte: los que ganan.
Así, pues, cada vez menos tradición y cada vez más modernidad. Una modernidad que afecta a los más diversos aspectos del juego: la evolución de la geografía de los bolos, las transformaciones en los diseños de las boleras, los cambios en el estilo y la imagen de los jugadores, las nuevas maneras de gestionar y entender las peñas, la aparición de un nuevo tipo de público y la presencia diversificada de los medios de comunicación.
Claro ejemplo del cambio de los tiempos es la ciudad de Torrelavega. Capital de los bolos durante décadas, Torrelavega tenía una peña que arrasaba en las competiciones por equipos y era un símbolo de identidad para el municipio, un torneo que empezó a jugarse a finales del siglo XIX y un público con exigencias de entendido. En la actualidad se mantienen el torneo y el público, pero faltan los grandes jugadores y un equipo que dispute los principales títulos. Camargo, cuna de algunos de los ases del momento y sede de la peña hegemónica en los últimos años, parece ser la alternativa. Y aunque los lugares de siempre de la geografía bolística de Cantabria siguen dando jugadores destacados, el poder del talonario se nota en la aparición de peñas en lugares de tradición más escasa. Como en tantas otras actividades de la región, Santander proporciona, sobre todo, espectadores.
También ha cambiado la fisonomía de las boleras. Es verdad que aún se puede disfrutar de los sobrios corros de nuestros pueblos. Pensemos, por ejemplo, en la bolera de Selaya, un espacio abierto al amparo de una casona de dignidad palaciega. O en tantos recintos que sólo cuentan con la protección aún más humilde de los plátanos que los rodean. Pero los grandes santuarios de los bolos se acomodan a los imperativos del aumento de público y a los caprichos seductores de la arquitectura deportiva moderna. La bolera Severino Prieto de Torrelavega, cubierta y con un aforo notable, alberga vidrieras que representan figuras de campeones, clara metáfora de la ambiciosa pretensión de ser templo, catedral del juego. La Mateo Grijuela de Santander exhibe al exterior su llamativa geometría de cristal que, al principio, produjo en su interior frecuentes deslumbramientos entre los jugadores. No es extraño que los arquitectos modernos, que hacen casas donde no se puede vivir y cines en los que no se pueden ver películas, diseñen boleras en las que es difícil jugar. También en Santander, el “estadio bolístico” (el nombre ya es significativo) del Verdoso, justo orgullo de la peña que tan bien lo administra, se alza encajonado en las entrañas mismas de la ciudad, como lugar del todo urbanita dispuesto para la práctica de un deporte rural.
Los jugadores, por su parte, se alejan de la estampa del modesto triunfador sentimental de romerías para acercarse, dentro de unos límites, a la imagen de los mitos deportivos modernos. Rubén Haya hace de la frialdad, el clasicismo (reflejado en su apelativo de “discóbolo”) y la precisión técnica los cimientos de sus triunfos. La uniforme regularidad con la que ganó el último Campeonato de España (limitándose a no bajar de 130 bolos en ningún concurso) resultará tal vez decepcionante a los aficionados a las grandes hazañas, pero pone de manifiesto la importancia del cálculo en este juego atávico pero nada burdo. Salmón se ha afirmado a lo largo de los años como un gran competidor, un “ganador” nato, figura nada frecuente en los juegos tradicionales y muy propia del deporte moderno. Decidido siempre a triunfar, mucho menos vulnerable al desánimo o al cambio de humor que el resto de sus rivales y también menos elegante y estiloso que los más brillantes de ellos, Salmón tira los bolos sobre todo con la voluntad y representa, mejor que nadie, hasta qué punto éste es un juego tan psíquico como físico. Quienes prefieran deleitarse con el juego más creativo y la actuación más espectacular podrán disfrutar del talento de Óscar González a quien cabe desear que este año le depare los triunfos que merece su categoría. La eficiencia más discreta pero también exitosa será el arma con el que sabrá defenderse Raúl de Juana. Y de los hermanos Rodríguez se puede esperar que sigan representando el romanticismo irrenunciable de este juego, un romanticismo expresado en la genialidad de sus jugadas más bellas, en las oscilaciones de sus resultados (los genios siempre tienen días malos) y en el hecho de pertenecer ya a una pequeña dinastía que, en esto de los bolos, es una dinastía principesca.
En cuanto a las peñas, cada vez resulta más evidente su dependencia de la “terrible modernidad del dinero”, por utilizar la expresión de un personaje de Bryce Echenique. Los presupuestos se disparan y la división del trabajo se hace cada vez más compleja. En un deporte en el que el juego en equipo parecía sólo la suma de los distintos juegos individuales, surge ahora la figura del entrenador, destinado a decidir lo que –según parece- son incapaces de decidir por sí mismos los jugadores. Puede aventurarse que acabarán por llegar también los psicólogos, esos infalibles indicadores de sociedades desahogadas.
Distinto y más moderno es así mismo el público. Ya se ha aludido al dato fundamental de su aumento cuantitativo. También se puede percibir algún cambio en la actitud. El silencio proverbial de los espectadores, tan serio como el del tenis pero menos pedante, ya empieza a ser interrumpido por el sonido de los móviles, especialmente lamentable en la final del Campeonato de España de 2002. Pero sería injusto pasar por alto que el público de los bolos mantiene algunas virtudes muy poco usuales en otros públicos modernos. No es forofo, anima a su favorito pero jamás abuchea al rival. Los fallos de los jugadores no provocan pitos o silbidos sino un característico murmullo suave, casi un suspiro, que indica más lamento que censura. Y el ganador siempre es honrado como tal cuando el partido acaba con independencia de las preferencias particulares de los espectadores. Todos estos rasgos deberían conservarse siempre, como valores positivos de una región muy propensa al autoflagelamiento.
En fin, los medios de comunicación no podían faltar en esta ceremonia de modernidad. De hecho son, en el fondo, sus principales artífices. Se ha mencionado ya el importante papel de la televisión. Más de uno sonreirá cuando vea que en las transmisiones de bolos se mantiene el mismo ritual que en los deportes serios: el locutor profesional tiene que ir siempre acompañado ya por el experto (con frecuencia ex jugador) que hace los comentarios técnicos. Y como último grito ahora aparece nada menos que una revista digital exclusivamente dedicada a los bolos. Su éxito estaría asegurado si dependiese sólo del talento de su director. Pero a él le dirigimos, para acabar este artículo de modernidades, un consejo en forma de dicho tradicional: “En bolos, lo que veas”.